El feminismo popular es cobarde: trabajo, sexo, raza, “tenerlo todo” y la verdadera liberación

Nos dicen que podemos “tenerlo todo” siempre y cuando se trate de matrimonio, bebés, un trabajo de finanzas, zapatos y cansancio.

Artículo Mainstream feminism is tepid and cowardly: work, sex, race, ‘having it all’ and true liberation de Laurie Penny 

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La noción de que el feminismo importa y que tiene mucho trabajo que hacer ya no es una opinión de la minoría. Después de décadas de tentativas de consentimiento las mujeres y niñas y sus aliados alrededor del mundo han comenzado a hablar para pedir un mejor acuerdo, no sólo en la ley, sino también en la práctica. Han comenzado a pelear contra las injusticias reproductivas y contra la pobreza sistémica que siempre ha recaído más en las mujeres y, particularmente, sobre las madres. Mientras el capitalismo financiero se tambaleaba después del casi colapso del mercado de valores en el 2008, la noción de que un día todas las mujeres serían capaces de tomar sus propias decisiones en un mercado que respetara sus metas y autonomía era expuesta como un cuento de hadas de hace veinte años.

El feminismo que le ha importado a los medios y que ha llegado a los encabezados de las revistas en los últimos años ha sido el feminismo más útil para la mujer blanca heterosexual de clase media alta con un buen sueldo. Las ‘feministas profesionales’ se han preocupado más por meter a más mujeres en ‘la sala de juntas’, cuando el problema es que ya hay demasiadas salas de juntas y ninguna de ellas está en llamas.

Se había entendido que la liberación de género, así como la riqueza, podría ‘filtrarse’ de alguna manera. La falla en este plan, por supuesto, era que eran puras pendejadas. El feminismo, como la riqueza, no se filtra y mientras que un pequeño número de mujeres extremadamente privilegiadas se preocupan por el techo de cristal, el sótano se está llenando de agua y millones de mujeres y niñas y sus hijos están atrapados ahí, mirando hacia arriba mientras el agua sube por sus tobillos, les llega a las rodillas y se acerca a sus cuellos.

Justo cuando debería ser lo más radical que hay, el ‘feminismo público’ se ha vuelto censurador y se ha centrado cada vez más en declarar el sexo, y no el sexismo, como el verdadero problema. Las campañas feministas que atraen la mayor atención y recursos son las que buscan eliminar la pornografía, terminar con la prostitución y prevenir la venta de camisetas sugestivas.

Este es un discurso que trata a las mujeres como víctimas, no sólo de nuestra jodida cultura erótica, pero del sexo mismo, sin entender propiamente la naturaleza comercial de la sexualidad o la objetificación. Al parecer, sexismo no es el problema: el problema es el sexo, su naturaleza, las cantidades que se tiene de él lejos de los ojos moralistas, a veces por dinero.

Nos mintieron. A las mujeres de mi generación nos dijeron que podíamos “tenerlo todo”, siempre y cuando “todo” fuera el matrimonio, bebés, una carrera en finanzas, un armario lleno de hermosos zapatos y cansancio mortal – y eso sólo es una opción si eres rica, blanca, heterosexual y bien portada. Estas vidas perfectas dependerían necesariamente de un ejército de niñeras y cuidadoras y nadie se ha molestado en preguntar si ellas pueden tenerlo todo.

Podemos tener todo lo que queramos siempre y cuando queramos una vida persiguiendo un trabajo agotador que no paga lo suficiente, comprando cosas que no necesitamos y apegándonos a un montón de reglas sociales y sexuales que, una vez que miras a través de las capas de basura y anuncios, resultan ser tan estrictas como siempre.

En cuanto a los jóvenes muchachos, a ellos se les dijo que vivían en un mundo nuevo de oportunidades económicas y sexuales y que si se sienten enojados o asustados, si se sienten obligados o desorientados por expectativas contradictorias, por la presión de actuar de manera masculina, hacer dinero, demostrar dominancia y coger con un montón de mujeres bonitas mientras siguen siendo humanos decentes, entonces su angustia era la culpa de las mujeres y de las minorías. Eran esas mujeres codiciosas, esos homosexuales y esa gente de color que les habían quitado el poder y la satisfacción que tienen por derecho desde que nacieron como hombres. Nos enseñaron, a todos nosotros, que si estábamos insatisfechos, era nuestra culpa o la culpa de los más cercanos a nosotros. Nos armaron mal, de alguna manera. Hemos fallado en ajustarnos. Si mostrábamos cualquier tipo de angustia, probablemente necesitábamos medicamentos o ser encerrados, dependiendo de tu estatus social. No existen los problemas estructurales, sólo individuos inadecuados.

El mundo ha cambiado para las mujeres y para las minorías lo mejor posible sin descomponer mucho ya estructura subyacente de la sociedad, que aún es sexistas, homófoba y misógina, porque su existencia depende en el control sexual, desigualdad social y el trabajo sin pagar de mujeres y niñas. Un cambio mayor requeriría más ambición de la que se nos ha permitido hasta ahora. Un cambio mayor requerirá de que hablemos de lo que no se habla, de que nos neguemos a aceptar el mundo como es. Requerirá que formulemos preguntas grandes y desafiantes sobre la naturaleza del trabajo, el amor, el sexo y la política y que estemos preparados para recibir respuestas diferentes a las que esperábamos. Esto es lo que este libro intenta hacer.

Tengo veintisiete años; no conozco todas las respuestas. Pero creo saber algunas de las preguntas y son éstas las que me interesan más.

Hacer preguntas es la autoridad de los jóvenes y es la primera cosa que a las niñas les dicen que no hagan. No levantes la mano en clase, o los niños te van a gritar. No le contestes a tus profesores, a tus padres, a la policía. Hacer preguntas es peligroso.

En cuarenta mil años de historia humana, la biología ha dividido a los hombres y a las mujeres en diferentes clases de sexo y roles de género estrictos. Luego, hace dos o tres generaciones – un pestañeo en el largo sueño de la historia humana – la tecnología avanzó y le permitió a las mujeres escapar las limitaciones de la biología reproductiva justo después de que varios movimientos alrededor del mundo habían logrado conseguirles el derecho a ser consideradas como ciudadanas ante la ley. Esa revolución sexual se convirtió en revolución social, y la forma de las relaciones humanas cambió para siempre. No se puede deshacer. Las mujeres no volverán a la sumisión sexual y política sin pelear hasta la muerte. Pero algunas personas siguen inexplicablemente enojadas que alguien siquiera se atrevió a pensar en ese cambio social y se han aferrado a nuestros talones gritando con cada paso que damos en este largo y lento camino hacia la igualdad de género. Aún no llegamos ahí.

Ahora mismo una contrarrevolución está ocurriendo contra los logros que esas mujeres se ganaron, pagando un gran precio, durante siglos de violencia y humillaciones. La contrarrevolución es social, económica y sexual. Esta es una nueva guerra de cultura, una contrarrevolución sexual. Es mucho más grande que la táctica “guerra contra las mujeres” que se reportó en Estados Unidos en las elecciones presidenciales del 2012, cuando los legisladores republicanos perdieron la cabeza colectivamente en un colapso moral sobre las violaciones, los anticonceptivos y el aborto. Que esta contrarrevolución sexual no vaya a tener éxito, no le quita el hecho de que va a arruinar vidas y a destruir el progreso, y tampoco merma el aplastante mensaje de los que buscan restringir las decisiones socio-sexuales de las mujeres en el siglo XXI. El mensaje es: hasta aquí y no más.

El feminismo es para todos

Cada tantos meses, al parecer, los medios vuelven a descubrir el feminismo y deciden que es una manera novedosa de vender libros y revistas, mientras no asuste a la gente al ser una amenaza verdadera para sus estilos de vida. El tipo de feminismo que vende es el tipo de feminismo que puede atraer a casi todos mientras no desafía a nadie, feminismo que calma, que habla por y para la clase media, feminismo con aspiraciones que habla de zapatos y de comprar comida sin azúcar y que no habla de las mujeres pobres, las mujeres gay, las mujeres feas, las mujeres trans, las sexo servidoras, los padres solteros o de nadie más que no quepa en el molde. Ese tipo de feminismo no me interesa. Que otros escriban sobre él. Que otros construyan un feminismo complaciente que le habla sólo al más pequeño común denominador. Las jóvenes mujeres de hoy saben más del trabajo que falta por hacer y lo desagradable que es que sus hermanas mayores que crecieron en los indiferentes años noventas. Saben lo importante que es hablar de poder, de clases, de trabajo, de amor, de raza, de pobreza y de identidad de género.

Este libro es el inicio de esta conversación, y si esa conversación incluye sólo a las mujeres con una historia similar a la mía, no valdría la pena tenerla. Al mismo tiempo, estoy consciente de que no lo sé todo. El hecho de que nací siendo blanca y de clase media en un país de habla inglesa y que mis relaciones son en su mayoría, pero no exclusivamente, con hombres afecta inevitablemente cómo pienso, cómo escribo y cómo vivo mi vida. No escribo como una chica común, porque tal cosa no existe.

Demasiadas escritoras feministas intentan que sus libros sean ‘explosivos’ al hablar de la teoría de género y el poder, comenzando con una advertencia de que ellas no pueden decir nada en nombre de las mujeres que no sean blancas o heterosexuales o ricas o cis o madres o escritoras de tiempo completo en Londres o Nueva York. Esa es su experiencia y no pueden hablar por nadie más, lo que significa que no tienen que molestarse en hablar con nadie más o leer lo que otras personas hayan escrito, a menos que esos escritores sean heteros, blancos, ricos y profesionales casados también.

Hey, chicas, al final todas somos iguales, ¿no? 

La idea de que existe una chica común, una mujer ‘típica’ que puede hablar por y para todas las personas en el planeta que posean una vagina, es uno de los cuentos de hadas más sexistas de nuestro tiempo. El patriarcado tiende a ver a todas las mujeres como iguales; preferiría que todas fuéramos chicas ricas, bonitas, blancas, fértiles, heterosexuales e intercambiables y que nuestros problemas fueran cómo dar las mejores mamadas y dónde conseguir pastillas para adelgazar. Nunca se esperaría que un hombre escribiera un libro que hablara por y para todos los hombres en todo el mundo simplemente porque tiene un pene. La declaración feminista original de que lo personal es político ha sido debilitada por la insistencia,  en cada industria mediática dirigida por hombres poderosos, que todas las cuestiones políticas de las mujeres pueden ser reducidas a lo personal.

Quienquiera que seamos, nuestro entendimiento del género, la política y el feminismo va a estar condicionado por nuestra experiencia del amor y el sexo, especialmente si somos heterosexuales. Cuando hablamos de luchar contra el sexismo, lo queramos o no, estamos poniendo nuestros corazones rotos en la mesa, sacamos nuestro orgullo herido, todos los rechazos sexuales que nos revolvieron el estómago, nuestras frustraciones, nuestra soledad y anhelo, el recuerdo de traición y el dolor de nuestra infancia. También sacamos el ansioso ardor de nuestro deseo, nuestra pasión por nuestros amigos, parejas, niños, cada vez que un amante ha puesto su mano suavemente sobre una parte de tu alma que no sabías que dolía, para sanarla. Todo eso al mismo tiempo y más, y más, porque las políticas de género son tan personales como políticas, pero eso no significa que lo político debe colapsarse sobre lo personal.

No hablemos de los niños y las niñas como si estuvieran separados 

Mujeres. Hombres. Niños y niñas. Las palabras no cambian pero la resonancia sí y lo que significa llamarte a ti mismo con una de estas etiquetas en el siglo XXI es algo muy diferente a lo que significaba en el siglo pasado y de lo que significará en el siguiente. Ser una mujer, o ser un hombre, requiere esfuerzo, atención, reprimir algunas partes de tu personalidad y exagerar otras. Cuando Simone de Beauvoir dijo que ‘Uno no nace, más bien se convierte en mujer’ tenía toda la razón, pero prefiero a Bette Davis en la película All About Eve, recordándonos que ‘Una carrera que todas las mujeres tienen en común, les guste o no: ser una mujer. Tarde o temprano tenemos que trabajar en ello, sin importar cuántas carreras hemos tenido o querido.” 

La identidad de género es trabajo, representación, un trabajo al que nos apuntamos involuntariamente desde el día en que alguien nos puso bajo la luz y describió nuestros genitales a nuestras madres. Las mujeres, en particular, deben representar feminidad como parte de nuestro trabajo si queremos que nos paguen, o ser protegidas, o mantener cualquier dignidad y autoridad que hayamos logrado arrancar de la áspera superficie de la sociedad donde estamos atrapadas. Seamos claros: cuando hablo de ‘ser una mujer’ o ‘ser un hombre’, no hablo del sexo biológico, sino del rol social. Desde el nacimiento y a través de la niñez los seres humanos han sido segregados por el sexo y se les ha inculcado que sospechen el uno del otro: el cumplimiento de las normas de masculinidad y feminidad, desde cómo vestirse y a quien besar hasta qué equipos deportivos seguir, es impuesto, a menudo con violencia física, y los que no puedan o no quieran encajar tienen que resolverlo solos.

No todos se identifican con el sexo que se les asignó al nacer. Una minoría significativa de seres humanos son transexuales o transgénero, y su experiencia de lo que significa el género ha sido tradicionalmente excluida de la discusión del feminismo popular o ha sido atacada. No todos, además, se identifican fuertemente como un hombre o una mujer, y no todos los que lo hacen se sienten particularmente con ganas de vestirse o comportarse de cierta manera para ser tolerados, respetados, premiados en casa y promovidos y protegidos en público.

Aún así, sigue habiendo algo que nos pone a las que nacimos o que nos convertimos en mujeres en un predicamento especial. Y hay algo en ese predicamento que alimenta la totalidad de la opresión de género. Es importante que todos entiendan cómo afecta el sexismo a las mujeres y en consecuencia impacta a todos los seres humanos. Las mujeres están sujetas a reglas más estrictas de comportamiento: cómo actuar, qué decir, qué querer. Qué ponerse, qué comer, dónde comprar, cómo actuar en el trabajo, cuándo no responderle el mensaje, cuándo coger, cómo coger, de qué color pintarte el cabello cuando él te deje. Si miras los anuncios sobre lo que los medios aún piensan que es ‘contenido para mujeres’, casi todo son listas de instrucciones. Es difícil ser un hombre en este mundo y es aún más difícil ser una mujer, pertenecer a la clase que debe aguantar toda la violencia y trauma que la sociedad le causa a los hombres y luego también tener que aguantar todos los efectos del trauma de los hombres, suavizando sus frentes, chupando sus penes, sufriendo su violencia con la dulce sumisión con la que nos entrenaron desde el nacimiento.

El género es una camisa de fuerza para el alma humana. El género nos moldea a todos, nos hace enemigos de la gente que se supone que amemos, y moldea aún más a las mujeres. Para nosotras la biología no es sólo destino: es catástrofe.

Aún no somos felices, ni las mujeres ni los hombres y algunas personas te dirán que es culpa del feminismo y algunos dirán que es a pesar del feminismo. Yo creo que es porque la lucha contra el patriarcado capitalista apenas va empezando, pero lo que sabemos con seguridad es que hay algo en los roles de género que hace desesperadamente infelices a hombres, mujeres, niños y niñas. Lo sabemos porque el género es el lenguaje principal que usamos para discutir las crisis existenciales.

Las mujeres se deprimen más que los hombres, son más ansiosas que los hombres, usan el doble de medicamentos psiquiátricos y tienen tres veces más probabilidades de intentar suicidarse. Los hombres, por otro lado, tienen dos veces más probabilidades de lograrlo. El trauma emocional y psicológico de los hombres casi nunca es tratado, se lleva en silencio y se calma en privado hasta llegar a un punto de quiebre donde el corazón ya no puede más y te traicionas a ti mismo violentamente, finalmente con una cuerda, un cuchillo o la pistola de tu padre. La mayoría de la narrativa cultural alrededor de la salud mental se centra en el género, con científicos y sociólogos intentando resolver si son los hombres o las mujeres los que están más desdichados y de quién es la culpa. Nunca se ha decidido quién está más jodido, si los niños o las niñas, pero el hecho de que insistamos en averiguarlo revela la verdad: hay algo en el género ahora mismo que es muy problemático en un nivel íntimo que casi nunca se discute. Hay algo sobre la experiencia de ser un hombre o ser una mujer, o de intentar ser un hombre o una mujer en el siglo XXI que mucha gente encuentra profundamente angustiante de una manera que es difícil de comentar, incluso en los pocos espacios donde lo tenemos permitido.

¿Hemos alterado el orden natural de las cosas?

Me haces sentir como una mujer antinatural 

Cualquier lugar donde hay ansiedad que le impide al mundo cambiar demasiado, aún encontramos que nos dicen que cambiar tal cosa es ‘antinatural’ – la naturaleza quiere que las mujeres dejen su vida pública cuando y si tienen hijos, y que si no quieren tener hijos, deben de ser antinaturales. Las mujeres que son ambiciosas e independientes son antinaturales. Las mujeres que expresan activamente su deseo sexual son antinaturales. Las mujeres que se rehúsan a ponerse lindas y a complacer a los hombres son antinaturales. Las mujeres que piden respeto y seguridad pero que no son bellas y jóvenes son antinaturales. El aborto es antinatural. Los anticonceptivos son antinaturales. El placer por placer es antinatural.

En resumen, muchas cosas divertidas son antinaturales.

Pero una violación, esa sí es natural. La violencia masculina contra las mujeres es natural. La homofobia es natural. La discriminación contra las mujeres homosexuales, pobres, negras, gordas, feas, trans, y los hombres femeninos, es natural. La pobreza es natural, especialmente cuando se trata de mujeres con niños pequeños sin un hombre que les ayude. Así es cómo funciona el mundo. Morir en el parto es natural. que las mujeres paguen un precio más alto a la sociedad por placer sexual es natural. Los dobles estándares sexuales son naturales; las mujeres han sido menos libres, menos poderosas y más explotadas que los hombres por siglos y tal vez ha habido un poquito de progreso, pero de verdad no deberíamos pedir nada más. Pedir más es antinatural. Las perras deben conocer su lugar.

La pregunta es, por supuesto, ¿Por qué alguien querría ser natural?

Durante cincuenta años, el patriarcado le ha estado diciendo a las mujeres que regresen a la cocina, al principio con indignación real y luego como el tipo de cripto-sexismo irónico que se supone que sea divertido: vuelve allá y hazme un sandwich, querida. Esos que están ansiosos de que las mujeres y las niñas vuelvan a la cocina deberían pensar dos veces sobre lo que hacemos cuando estamos ahí. Puedes planear hacer mucho daño desde una cocina. También es dónde se guardan los cuchillos.

La verdad es que no hay nada ‘natural’ sobre lo que significa ser una mujer o un hombre hoy en día. La identidad de género es representada y se hace por una ganancia, ya sea social, financiera o personal. Esa representación es una estrategia de adaptación por lidiar con un territorio abrumadoramente hostil. Ahora tenemos que adaptarnos otra vez. Y eso es el feminismo: adaptación. Evolución.

El feminismo no es un montón de reglas. No es sobre quitarle derechos a los hombres, como si la cantidad de libertad que existe fuera finita. Hay una abundancia de libertad si tenemos el valor de tomarla para todos. El feminismo es una revolución social y sexual y el feminismo no se conforma con la posición de misionero. Es sobre trabajo, sobre amor, sobre cómo uno depende bastante en el otro. El feminismo es sobre hacer preguntas y seguir preguntándolas incluso cuando se vuelven incómodas.

Por ejemplo. La cuestión sobre si los hombres y mujeres deberían ser pagados igual por el mismo trabajo lleva a otra pregunta sobre lo que significa la igualdad del trabajo cuando la mayoría de los trabajos domésticos y de cuidado son hechos por mujeres a quienes no les pagan, y que además hacen aparte de un trabajo de tiempo completo. Las respuestas a eso llevan a otro montón de preguntas sobre qué trabajo debería ser pagado y qué es simplemente parte del amor y el deber y luego comienzas a cuestionar la naturaleza del amor mismo, y ahí es dónde se pone incómodo.

El confinamiento de las mujeres al hogar nunca ha sido sólo una experiencia de la clase media. Aún así, algunos de los primeras feministas de la segunda ola, comenzando por The Feminine Mystique de  Betty Friedan, hablaban principalmente de los apuros de la esposa y madre suburbana, de su frustración y neurosis, de sus anhelos de escapar la interminable fila de platos y cenas y chisme de salón para ir al mundo masculino del trabajo y poder del que estaba excluida. El dolor – el tormento de la ama de casa de clase media que anhela un trabajo de oficina – ha definido el conocimiento popular de lo que es el feminismo y de lo que quieren las mujeres, por dos generaciones. el hecho de que fuera de los suburbios blancos las mujeres siempre han tenido que trabajar para tener dinero no es un factor en esta ficción conveniente. Es la fantasía de que lo único todas las mujeres necesitan para ser iguales y estar felices es que les permitan trabajar por dinero, mientras puedan cumplir con sus tareas en el hogar –  un horario agotador de auto-negación que ahora conocemos como el “tenerlo todo”. “Tenerlo todo” ahora significa tener una carrera, hijos, esposo, un lindo cabello – y eso es todo.

El trabajo mismo ha encontrado un nuevo propósito en la liberación de las mujeres. Sin importar lo insatisfechas y mal pagadas que estén, si tienes un trabajo, eres una perra libre, nena. Cualquier persona que haya trabajado al menos un día sabe que esto es una gran mentira. Sin embargo, la liberación de las mujeres se ha definido como una absoluta conformidad a los estándares de feminidad contemporáneos, en el mejor de los casos una conformidad que requiere trabajo interminable, decepciones constantes, una conformidad que no lleva a una buena salud y felicidad incluso para aquellos que tienen los medios para buscarla. Las mujeres modernas que lo pueden todo están tan machacadas y furiosas que han comenzado a hornear pastelitos y a usar vestidos retro de los años cincuenta, como si hacerlo nos pudiera regresar a los días dónde aún tenías que ir de compras, cocinar y hacer bebés pero si tenías mucha suerte y eras muy bonita, tal vez podrías persuadir a un hombre a que cubriera tus finanzas, porque entre más nos alejamos de esa opción, mejor nos parece a muchas de nosotras.

El pasado es un país diferente: la gente siempre lo reclaman en el nombre de una ideología u otra, sin importarles la gente que de verdad vive ahí. Para las mujeres y niñas del Oeste, la historia reciente ha sido colonizada por la noción de que las generaciones anteriores de mujeres no eran libres principalmente porque no podían trabajar por un sueldo. En la fantasía moderna de los años cincuenta, las mujeres estaban confinadas al hogar, a la cocina y a la cerca y al esposo y a los hijos. Para muchas mujeres modernas exhaustas, esta brillante jaula de cuento de hadas es probablemente atrayente: pasar tus días recorriendo la casa y viendo a tus hijos crecer no es tan poco digno como ir a diario a una oficina que te paga menos de lo que te cuesta la renta. Si todo lo que el feminismo ha ganado para nosotras es el derecho a trabajar, podrían perdonarte el sentir que tal vez la liberación de género no es todo lo que prometieron y tal vez las mujeres que soñaban con un apuesto príncipe y con ser amas de casa siempre tuvieron razón.

La feminidad como es concebida actualmente es empresarial y es competitiva: sociólogos como Catherine Hakim hablan sin ironías del ‘capital erótico’ de las mujeres, de una manera que es sólo repulsiva porque hace explícito lo que se dice entre dientes en las bocas de padres, maestros y amigas: tu feminidad es una marca, tu erotismo el mejor dinero en el banco, para que lo guardes y lo uses cuando tenga más valor. Tu identidad de género, una de las partes más íntimas de lo que te hace a ti mismo, está a la venta, o debería estarlo. Esta es una de las razones por las que las mujeres, particularmente las jóvenes, se han adaptado bien a la manera en que las redes sociales y el capitalismo requiere que todos apliquen la lógica de la mercadotecnia en nuestras propias vidas para poder ganar seguidores. Siempre nos han animado a entender la feminidad como una forma de marca, aunque ésta nos la marcan en nuestra piel desde el nacimiento.

El trabajo, la belleza y el romance, luego el matrimonio, la hipoteca y los niños: esa definición de libertad total que ha logrado conquistar nuestra imaginación, sin dejar espacio para nada más en nuestras vidas. Pero, ¿y si quieres algo más? ¿Todavía se permite eso?

Fragmento de “Unspeakable Things: Sex, Lies and Revolution” de Laurie Penny.

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